jueves, 27 de enero de 2011

Sobre mi miedo a las tormentas

    

    Yo soñaba con poder visitar algunas ciudades italianas antes de morir: Florencia, Venecia, Siena... Pero he de confesar que Roma no estaba en mis planes. Creía... no sé...que Roma sería un lugar perfecto de peregrinaje para católicos irreductibles y poco más, aunque sentía enormemente que si no viajaba allí alguna vez, no podría nunca contemplar los techos de la Capilla Sixtina, ni La Piedad, ni El éxtasis de Santa Teresa, pero el disgusto de esta renuncia no era nada comparado con el júbilo que imaginaba que iba a sentir a los pies del Miguel Ángel o disfrutando un capuccino en una terraza de la Plaza de San Marcos...

   Sí, definitivamente, Florencia, Venecia y "un par de vueltas" en coche por la Toscana eran mi sueño italiano. Con eso sería más que suficiente.

    Sin embargo, era imposible declinar una invitación a pasar un fin de semana en Roma, con el alojamiento pagado por la empresa y con la única compañía de mi amiga del alma y compañera de trabajo. Imagínense: un viaje de placer "sólo chicas"!!!!!!!!!!  Lo de menos era el destino, y confiaba en que para otra vez podría conocer la ciudad de los canales y la capital toscana...  No imaginaba que Roma se me clavaría en el alma como lo ha hecho; ya he estado allí otras dos veces y noto que me voy impacientando por volver a medida que pasan los meses. NECESITO volver. Creo que Roma sería un buen lugar para vivir y para morir...

    Esa primera vez que visité La Ciudad Eterna, al final del verano, tuvimos la inmensa suerte de disfrutar de una espeluznante tormenta eléctrica cuando alcanzamos la Plaza del Campidoglio, tras conseguir subir una fenomenal escalinata cuando empezaba a lloviznar.  Habíamos caminado durante horas por las calles adoquinadas de Roma y estábamos exhaustas, pero merecía la pena aquél último esfuerzo, porque a la espalda de uno de los palacios que rodean la hermosa plaza, tendríamos unas vistas increíbles de los Foros y sus ruinas, según la guía que consultábamos. Así pues, tras admirar el diseño del pavimento, realmente bello, ubicamos el callejón que nos llevaría al balcón que buscábamos. No fue tarea fácil encontrarlo porque ya había anochecido y, con la amenaza de la tormenta, habían desaparecido como por arte de magia todos los turistas: no sabíamos a quién preguntar. Los que hayáis viajado a Roma recordaréis que su iluminación nocturna resulta especialmente evocadora por escasa y tenue, pero a pesar de ello conseguimos, por fin, recorrer el callejón dichoso y llegar a un muro de ladrillo que hacía las veces de gran balcón que se asomaba a........nada!! No se veía nada ahí abajo. Allí, en la lejanía, en línea recta, se alzaba majestuoso el Coliseo, fantásticamente iluminado, tan bello como lo recordamos todos, pero justo delante de nosotras se abría un vacío oscuro, sin rastro de nada, justo donde esperábamos encontrar las ruinas de los Foros Romanos... Gran decepción, no acertábamos a comprender por qué aquella zona tan importante de la ciudad no estaba iluminada como merecía.  Fue un momento desolador, allí, asomadas a la nada y cansadas como nunca, nos disponíamos resignadas a irnos porque la lluvia comenzó a arreciar, cuando de repente, comenzó el espectáculo:   los rayos comenzaron a caer justo delante de nuestros ojos e iluminaban durante breves segundos las ruinas, ahora aquí mismo, después un poco más allá, ahora a la izquierda, ahora un poco más lejos, ahora el sonido ensordecedor de cada trueno persiguiendo de cerca a cada rayo... Tremendo espectáculo que quedará para siempre grabado en mi retina, ya lo creo. Y en mis oídos.

   Han pasado los años y, de vez en cuando, todavía sigo dando  las gracias a todos los dioses por aquél regalo, y por haberme hecho una chica valiente que no sólo no se asusta de las tormentas (como habría sido de esperar al haber crecido viendo el terror que le provocan a mi madre), sino que además las disfruta con la boca abierta, y deseosa de haber aprendido a manejar una buena cámara réflex para cazar instantáneas de rayos y truenos.  Aquella noche, en el Campidoglio, supe que desde niña había estado ahuyentando el miedo a las tormentas de verano para poder disfrutar de aquél espectáculo de luz y sonido que el destino me tenía preparado... 

 

1 comentario:

  1. No te preocupes cariño, de las fotos me encargare yo, y ami lado, todavia te dara menos miedo la tormenta, tu solo tienes que preocuparte, de llevarme all de nuevo......

    ResponderEliminar