jueves, 18 de julio de 2024

 Debe de estar amaneciendo.

 Unos rayos tenues de sol se filtran por el mismo sitio en el que antes colgaban los visillos del dormitorio. Se oyen en la calle algunas voces, alguna sirena lejana. Deben de ser las 6 o las 7 de la mañana, calculo, pero claro, no puedo comprobarlo. 23397.

  Es raro no tener sueño a esta hora, ni querer estirarme bajo las sábanas para sacudir cualquier resto de pereza. No sé si he dormido mucho o he dormido poco, pero no tengo sueño. Tampoco siento dolor ya, menos mal. Es muy liberador no sentirlo. Ni en el hombro ni en los tobillos ni en el ojo. Fue un rato horrible, el dolor en el hombro era lacerante y el del ojo no se parecía a ningún otro dolor que hubiera sentido antes. Pero ya pasó, ya no duele. Y la herida grande debe de estar curando bien porque ya no escuece ni sangra. Ya no la siento húmeda por la hemorragia. Qué bien, qué alivio. Con lo mal que han cicatrizado siempre mis heridas, desde crío, es una suerte que ésta se haya cerrado tan rápido. Aquella pedrada de Nayib cuando teníamos 11 años me pudo dejar en el sitio, me libré por centímetros, seguí vivo, pero casi me acaba matando la curación. Semanas y semanas de infección recurrente, fiebres, sangrado y pus casi constante... El pobre Nayib venía a verme a casa cada tarde, y la congoja, la culpa, la preocupación y las lágrimas no le cabían en sus ojos -tan grandes, tan negros-  cada vez que entendía que esa tarde tampoco podríamos jugar juntos, que yo no podía salir a la calle a lanzar más piedras, teniendo aquella herida en la cabeza, por mucho que la causa valiera la pena. Nayib. Qué habrá sido de él esta vez. Hace muchas semanas que no le veo, ni a él ni a su mujer ni a sus hijos. Cualquiera sabe,  a estas alturas. Ojalá estén bien los cinco. Inshallah.


Oigo voces cerca. Gritos. Órdenes desordenadas. Caos.  No sé si oigo el llanto desgarrado de alguna mujer cerca o es imaginación mía. Es casi como un sonido de fondo desde hace algunos meses, como el de los niños cuando se enrabietan y lloran porque no entienden por qué. Por qué todo.

Los niños. 

Los niños aquí lloran por tanto, y ríen con tan poco...

Ayer volví a ver a mi vecina en la calle, la que se quedó huérfana de madre y viuda el mismo día, a las pocas semanas de empezar todo esto. Caminaba con sus dos hijas pequeñas de la mano. Ellas parloteaban alegres. No entendía lo que se decían entre ellas, pero las oía reír, ahora saltando, ahora caminando, a ambos lados de su madre, que sonreía  con esa sonrisa velada de quien sonríe en la cara pero llora en el corazón. Ellas fueron las últimas tres personas conocidas que vi antes de que se apagara todo. 


 No tengo sueño aunque es tan temprano. No siento dolor a pesar de todas las heridas. No siento pena, a pesar de toda la tragedia que me rodea desde hace meses. Ya soy libre, ya no estoy. 23397.

Es mi nuevo número de identidad. No tengo nombre ni apellidos ya. Soy el número 23397.

¿Cuántos más tendremos que morir antes de que el mundo desarrollado y civilizado haga algo para detener esta suma? Ya no duelen las heridas, ya no puedo gritar, ni llorar, ni sentir miedo, ni rabia, pero quiero que me saquen de aquí. Ojalá me encuentren pronto entre todos estos escombros y ojalá no haya muchos números más en esta lista negra.

 Inshallah.