miércoles, 9 de marzo de 2011

Flores de almendro

    Hasta donde me alcanza la memoria, recuerdo el almendro gigante que vive aún frente a las ventanas de la casa de mis padres, la casa en la que yo viví desde mi primer añito hasta que cumplí casi veintiuno y tuvo su primer añito mi primer hijo.  

  Era un ejemplar de almendro gigantesco que crecía en la parcela de la Telefónica, separada de nuestro recinto de juegos por un muro de casi tres metros de altura, lo que imposibilitaba la visión del formidable árbol y de otros frutales que compartían suelo con él. Sin embargo, la terraza de mi casa se asomaba directamente a esa zona de juegos ( que llamábamos "la plazoleta"), y ofrecía  -ofrece aún- una vista frontal de dicha parcela muy por encima aquél muro tan alto que paraba todos los balonazos habidos y por haber, parcela  que más que jardín era un mero aparcamiento de furgonetas del servicio técnico y coches de empleados de la compañía española de teléfonos.

  Toda la chiquillería que creció allí conmigo jugaba en la plazoleta prácticamente todos los días del año que no llovía (que eran muchos: 90 seguidos en verano,otros 20 en Navidad, otros 10 en Semana Santa, y los fines de semana y los lectivos por la tarde, casi todos, porque antes no nos ponían tantos deberes, o no los hacíamos y punto). Jugábamos a TODO en "la plazo", desde fútbol hasta saltar a la comba, pasando por béisbol, rescate, escondite, cartas, churro, muñecas, chapas, saltar la goma, canicas, más fútbol, tenis... A todo.  Pero sólo cuando jugábamos al fútbol o al béisbol ocurría esto tan sorprendente: el balón volaba alto y fuerte por alguna bolea mal calculada o la pelota amarillo chillón surcaba el cielo del improvisado diamante y el equipo que bateaba gritaba con júbilo "home run!! home run!!", aunque apenas sabíamos inglés... Cualquiera de los dos momentos acababan con el partido por unos minutos porque había que ir a la telefónica para rescatar el balón de reglamento o la bola de tenis que habían ido a parar al otro lado del muro.  Era una tarea siempre emocionante, porque el empleado de turno no siempre se encontraba de humor para permitir la intromisión de un par de chiquillos en el recinto en busca de una pelota...Los demás aguardábamos impacientes su regreso como si allí dentro tuvieran que lidiar con un ogro de siete cabezas o algo así, y cuando volvían a "la plazo" con la bola, se producía otro estallido de alegría y felicitaciones. Pero sin duda, lo que más alborozo producía en el grupo era que, al no haber ningún empleado que les abriera la puerta, tuvieran que saltar la valla (¡...!) y lograran así entretenerse en coger algún puñado de ciruelas o de almendras, o cualquier otro trofeo por el estilo, daba igual que el punto de madurez de las frutas estuviera a varios meses de distancia; se les hincaba el diente sin dudarlo, aunque hubiera que escupir de inmediato y hacer todo tipo de aspavientos...

   Una sola vez recuerdo haber tenido la audacia y el acuerdo del grupo para saltar aquella valla, y creo que fue acompañada de mi hermano. Fue entonces cuando pude ver de cerca el tronco del majestuoso almendro cuya copa veía desde casa. Recuerdo que me llamó la atención el diámetro del tronco porque era mucho más grueso que el de los demás árboles del recinto, que a su lado parecían poco más que juncos, pero, la verdad, a esa edad y con la misma adrenalina en sangre que si acabara de realizar mi primer salto de paracaídas, no estaba para  cursilerías como pararme a admirar el árbol de las almendras y dedicarle unos versos... Encontré la pelota que buscaba y salí disparada de allí como si de verdad me persiguiera el ogro de las siete cabezas. ¡¡¡Qué experiencia inolvidable!!!

   Había unas semanas entre  febrero y marzo en las que me daba un gusto enorme mirar por la ventana y ver la copa de aquél almendro totalmente cuajada de flores blancas que hacían creer a cualquiera que había caído la más copiosa de las nevadas del invierno. Era una visión realmente preciosa: tan grande, tan blanco. Lo que realmente me parecía sorprendente y hermoso era  que cada año, aquél árbol era siempre el primero en florecer de todo el barrio; todos los demás seguían dormidos, la savia seguía congelada en algún sitio de las raíces,bajo tierra, y sin embargo, aquél árbol grandote conseguía, no sólo florecer el primero, sino que además lo hacía ¡antes incluso de haber tenido hojas!!!!!!! A mí me parecía que aquello era un milagro de la naturaleza, que sólo ocurría en mi barrio: figúrense, un árbol que tenía flores antes que hojas, cuando todos sabíamos que el ciclo natural indicaba lo contrario...

    Me enamoré de los almendros para siempre.

   Muchos años después, llegó Daniel a mi vida. Comenzamos a salir juntos en Año Nuevo, y nos hicimos novios, amigos y amantes en cuestión de semanas.  Por tanto, las primeras flores que él me regaló fueron flores de almendro, de alguno de los muchos almendros que había por el barrio, y que él escogía y arrancaba delicadamente para mí de alguna rama que tuviera al alcance de su mano.  Siempre eran pequeñas ramitas de no más de un palmo de longitud, pero siempre eran hermosas aunque extremadamente frágiles: los pétalos se caían con sólo mirarlos, pero seguro que le merecía la pena hacerlo sólo por ver la ilusión que me hacía verle llegar con tan efímero obsequio en la mano. Efímero porque ya digo que duraba sano pocos minutos, y efímero porque son muy pocos los días del año en que le puedes regalar a tu amor flores de almendro.  Siempre me quedaba con las ganas de intentar cortar algunas ramas largas de aquellas flores para llevarlas a casa aunque fuera en ambulancia, y ponerlas en agua para disfrutarlas un par de días, pero siempre decidí que serían dos misiones imposibles: una, conseguir una vara de más de 20 ó 30cm, y otra, que sobreviviera en un jarrón más de 2 ó 3 minutos... Sólo conservo uno de aquellos minúsculos ramilletes que guardé de inmediato dentro de mi abultada carpeta camino de clase. Allí dentro se prensó y allí dentro sigue, doy fe.

    Y otros tantos años más tarde, supe de una mujer que se había casado el 6 de febrero, y que tuvo la audacia de lucir como ramo de novia un minimalista y bellísimo conjunto de tres o cuatro largas varas de almendro, aprovechando que su boda tenía lugar en una fecha tan fría pero tan bonita como la de la floración de los almendros, que ese año seguro que se adelantaron una o dos semanas en hacerlo... Soy muy libre de pensar que se dieron prisa en florecer para que el ramo de novia de aquella mujer no tuviera que llegar por encargo desde Madrid, comprado por alguna de sus dos cuñadas de la capital, sin haber podido elegirlo ella misma...Prefirió llevar un original, económico y elegante ramo de flores de almendro en su boda, aunque me consta que no fue una decisión muy aplaudida por algunos familiares... Esa mujer lució el ramo de novia más bonito que yo haya visto nunca, de verdad.

   Esa mujer era mi madre.
   Gracias, mami. Yo sé que lo hiciste para enseñarme que algunas de las decisiones que tomamos son difíciles y arriesgadas, pero conviene mantenerse firme si nuestro corazón nos dice que son acertadas.

sábado, 5 de marzo de 2011

Sobre alimentos afrodisíacos (1ª parte)

   AFRODITA

  En la mitología griega, Afrodita es la diosa del amor, la lujuria, la belleza, la sexualidad y la reproducción. Aunque todos los desconocedores de la historia antigua la conocemos simplemente por "la diosa del amor", conviene aclarar que este amor no tiene un sentido romántico o cristiano, sino puramente físico, lujurioso, sexual.  Afrodita es, por tanto, la diosa del amor erótico.

  Nació esta deidad de la mismísima espuma del mar cuando Crono derrotó a Urano en la Titanomaquia, le cortó los genitales con una hoz, y los arrojó al mar cerca de Pafos, en Chipre. Incluso ya amputado, este miembro viril originó en el oleaje una blanca y espesa espuma de la que surgió una bellísima doncella, ya adulta, que es la que nos ocupa, y que la mitología romana bautizó como Venus. Cualquier representación artística de Afrodita nos muestra una joven tremendamente bella y voluptuosa que tenía además, el don de enamorar perdidamente a cualquier hombre que la mirara a los ojos. Tanta belleza preocupaba a Zeus, quien para evitar disputas entre los dioses, decidió casarla con Hefesto, el feo, malhumorado y severo dios del fuego y la fragua, que tuvo que soportar la infidelidad continuada de su esposa Afrodita, quien prefería regalar su cuerpo a Ares, dios de la guerra, o yacer en noches interminables de amor junto a Adonis...

                                                                      ······

  No hace falta consultar ningún diccionario etimológico para deducir entonces que un alimento "afrodisíaco" será cualquier alimento, ya sea sólido o líquido, que nos aproxime, aunque sea de manera remota y por extraños vericuetos de nuestra imaginación, a la posibilidad de disfrutar de un encuentro sexual.

  Desde el afortunado momento histórico en el que Adán y Eva decidieron probar el fruto prohibido del Árbol del Bien y del Mal y fueron desterrados del Jardín del Edén, para empezar a divertirse de verdad "ahí afuera", la especie humana no ha dejado de preocuparse por disfrutar al máximo de la sexualidad, unida o no al amor espiritual. Por eso ha dedicado buena parte de sus esfuerzos de investigación a encontrar hierbas, mejunjes y pócimas que pudieran ayudar al frágil atributo masculino a mantenerse enhiesto el mayor tiempo posible, así como a aguijonear la libido de las féminas perezosas.  Así pues, desde tiempo inmemorial, los alimentos con propiedades afrodisíacas han gozado del estatus de "imprescindibles" en las cocinas de todos los mortales que no tenemos demasiados problemas de conciencia en lo que a erotismo se refiere.

  Para una persona enamorada un poco de la Química, resulta innegable la credibilidad de todos los estudios científicos que otorgan tal o cual poder a tal o cual sustancia presente en un alimento, pero no puedo negarme a la poética de creer también que el auténtico poder afrodisíaco de un ingrediente está ya presente en la sola idea de comprarlo para prepararlo y/o disfrutarlo en pareja, así como en su precio: cuanto más elevado sea éste, más sugerente nos resultará. Me explico: aunque nos parezcan deliciosos, nada de erótico tienen unos mejillones al vapor de 2,95 €/kg si los comparamos con unas ostras recién abiertas, frescas, húmedas, brillantes y turgentes, a 2,95€/unidad..... Díganme ustedes: ¿cómo podría competir un envase de 2kg de huevas de trucha, con dos escasas cucharaditas de caviar iraní? ¿o qué podría hacer un canapé de paté de campaña frente a una rebanadita de pan de pasas con un exíguo pedacito de foie de canard encima? ¿acaso nos apetece más una botella de vino tinto común o una botella de un caldo por el que hemos pagado una buena suma? Hemos invertido esas cantidades de dinero (imprescindible, eso sí, que se adapten a nuestras posibilidades o perderán su poder estimulante; tampoco queremos pasar toda la velada recordando lo que vamos a tener que trabajar para hacer frente a la deuda); hemos invertido esas cantidades de dinero, decía, pensando, imaginando y deseando un encuentro amoroso de proporciones cósmicas, y éso es lo que le otorga su carga erótica: hemos hecho un esfuerzo económico a cambio de lo que esperamos que resulte un éxito. Sin embargo -no faltaba más-, cosas tan baratas y sencillas (y a menudo difíciles de encontrar) como ver a mi hombre cocinar unos simples espaguetis, o verle ceñirse un delantal y deslizar el cuchillo con delicadeza por la superficie de un jamón, pueden ser suficientemente sugerentes... ¿Cómo podríamos mantener una elevada nota en Erotismo si todos los sobresalientes estuvieran supeditados a un dispendio monetario contínuo?  ¡Sólo faltaba que las grandes noches de amor costaran una fortuna! mi economía familiar no me lo permitiría...

  Según mi opinión, aun a riesgo de que pueda ser equivocada, los alimentos afrodisíacos lo son de verdad, y basan su fama en los resultados: son estimulantes, o hacen segregar endorfinas, o activan la circulación sanguínea, etc, etc. Pero sostengo que la erótica de una comida o una bebida está también en nuestras expectativas cuando la compramos, la elaboramos y la consumimos.

  Mención aparte para el capítulo de los gustos: ni que decir tiene que por muy avalado y elevado que sea el poder afrodisíaco de un ingrediente, no conseguirá nada en nuestra libido si  nos disgusta ingerirlo. Es una cuestión que cae por su propio peso, es indiscutible que si algo nos causa náusea, no nos animárá en absoluto a acometer ninguna empresa erótica. Es indispensable que nos gusten su aspecto, su color, su aroma y su sabor, y lo que encanta a unos puede causar rechazo en otros. De ese modo, y por difícil que me resulte creerlo, habrá por ahí alguna persona que no coma ostras, incluso ningún otro delicioso monstruo marino; habrá quien prefiera comer sesos de cordero en lugar de hígado de pato; habrá quien prefiera un refresco de cola a una copa de vino blanco alemán; habrá quien no entienda qué puede tener de afrodisíaco una sencilla pizza de hongos porcini recién horneada en una trattoria de Volterra...  Cuestión de gustos, ya digo.

  Lo que sí parece una verdad universal, común a todos los tratados de gastronomía erótica, es que todos los alimentos afrodisíacos emanan delicados y sugerentes aromas, ya sean dulzones, especiados, frutales o marinos. Ya sabemos todos de la importancia del sentido del olfato en el erotismo. Leí en mi libro de cabecera ("Afrodita", de Isabel Allende, no podía ser otro) una de las frases más sencillas pero elocuentes de los últimos tiempos: el mal aliento es el anti-afrodisíaco más potente que existe. No lo olvidemos nunca!!
  Y otra cualidad indispensable en todos los alimentos afrodisíacos es su alta digestibilidad. Ningún amante dispuesto a ejercer se puede permitir grandes proezas en el dormitorio si en el comedor ha disfrutado un menú delicioso pero poco digestivo: prueba después de un cocido, o de una fabada, o de un codillo de cerdo, o similares... Seguro que el único objetivo del baile tras el menú pantagruélico de las bodas del pasado era ése: aligerar la digestión de los protagonistas de la fiesta, y garantizar con ello una buena actuación en el recién estrenado escenario marital.  Que se estropee todo por culpa de la ingesta excesiva de alcohol durante dicho baile es otro asunto que merecería todo un blog aparte...¡Cuánto daño le han hecho las barras libres al amor carnal!

  Ustedes háganme caso:   compren alimentos con ilusión, cocinen con alegría, perfumen con moderación su piel y sus guisos, beban sin excesos y hagan el amor SIEMPRE como si fuera la última vez. Todo esto junto sí que es afrodisíaco !!!