Hasta donde me alcanza la memoria, recuerdo el almendro gigante que vive aún frente a las ventanas de la casa de mis padres, la casa en la que yo viví desde mi primer añito hasta que cumplí casi veintiuno y tuvo su primer añito mi primer hijo.
Era un ejemplar de almendro gigantesco que crecía en la parcela de la Telefónica, separada de nuestro recinto de juegos por un muro de casi tres metros de altura, lo que imposibilitaba la visión del formidable árbol y de otros frutales que compartían suelo con él. Sin embargo, la terraza de mi casa se asomaba directamente a esa zona de juegos ( que llamábamos "la plazoleta"), y ofrecía -ofrece aún- una vista frontal de dicha parcela muy por encima aquél muro tan alto que paraba todos los balonazos habidos y por haber, parcela que más que jardín era un mero aparcamiento de furgonetas del servicio técnico y coches de empleados de la compañía española de teléfonos.
Toda la chiquillería que creció allí conmigo jugaba en la plazoleta prácticamente todos los días del año que no llovía (que eran muchos: 90 seguidos en verano,otros 20 en Navidad, otros 10 en Semana Santa, y los fines de semana y los lectivos por la tarde, casi todos, porque antes no nos ponían tantos deberes, o no los hacíamos y punto). Jugábamos a TODO en "la plazo", desde fútbol hasta saltar a la comba, pasando por béisbol, rescate, escondite, cartas, churro, muñecas, chapas, saltar la goma, canicas, más fútbol, tenis... A todo. Pero sólo cuando jugábamos al fútbol o al béisbol ocurría esto tan sorprendente: el balón volaba alto y fuerte por alguna bolea mal calculada o la pelota amarillo chillón surcaba el cielo del improvisado diamante y el equipo que bateaba gritaba con júbilo "home run!! home run!!", aunque apenas sabíamos inglés... Cualquiera de los dos momentos acababan con el partido por unos minutos porque había que ir a la telefónica para rescatar el balón de reglamento o la bola de tenis que habían ido a parar al otro lado del muro. Era una tarea siempre emocionante, porque el empleado de turno no siempre se encontraba de humor para permitir la intromisión de un par de chiquillos en el recinto en busca de una pelota...Los demás aguardábamos impacientes su regreso como si allí dentro tuvieran que lidiar con un ogro de siete cabezas o algo así, y cuando volvían a "la plazo" con la bola, se producía otro estallido de alegría y felicitaciones. Pero sin duda, lo que más alborozo producía en el grupo era que, al no haber ningún empleado que les abriera la puerta, tuvieran que saltar la valla (¡...!) y lograran así entretenerse en coger algún puñado de ciruelas o de almendras, o cualquier otro trofeo por el estilo, daba igual que el punto de madurez de las frutas estuviera a varios meses de distancia; se les hincaba el diente sin dudarlo, aunque hubiera que escupir de inmediato y hacer todo tipo de aspavientos...
Una sola vez recuerdo haber tenido la audacia y el acuerdo del grupo para saltar aquella valla, y creo que fue acompañada de mi hermano. Fue entonces cuando pude ver de cerca el tronco del majestuoso almendro cuya copa veía desde casa. Recuerdo que me llamó la atención el diámetro del tronco porque era mucho más grueso que el de los demás árboles del recinto, que a su lado parecían poco más que juncos, pero, la verdad, a esa edad y con la misma adrenalina en sangre que si acabara de realizar mi primer salto de paracaídas, no estaba para cursilerías como pararme a admirar el árbol de las almendras y dedicarle unos versos... Encontré la pelota que buscaba y salí disparada de allí como si de verdad me persiguiera el ogro de las siete cabezas. ¡¡¡Qué experiencia inolvidable!!!
Había unas semanas entre febrero y marzo en las que me daba un gusto enorme mirar por la ventana y ver la copa de aquél almendro totalmente cuajada de flores blancas que hacían creer a cualquiera que había caído la más copiosa de las nevadas del invierno. Era una visión realmente preciosa: tan grande, tan blanco. Lo que realmente me parecía sorprendente y hermoso era que cada año, aquél árbol era siempre el primero en florecer de todo el barrio; todos los demás seguían dormidos, la savia seguía congelada en algún sitio de las raíces,bajo tierra, y sin embargo, aquél árbol grandote conseguía, no sólo florecer el primero, sino que además lo hacía ¡antes incluso de haber tenido hojas!!!!!!! A mí me parecía que aquello era un milagro de la naturaleza, que sólo ocurría en mi barrio: figúrense, un árbol que tenía flores antes que hojas, cuando todos sabíamos que el ciclo natural indicaba lo contrario...
Me enamoré de los almendros para siempre.
Muchos años después, llegó Daniel a mi vida. Comenzamos a salir juntos en Año Nuevo, y nos hicimos novios, amigos y amantes en cuestión de semanas. Por tanto, las primeras flores que él me regaló fueron flores de almendro, de alguno de los muchos almendros que había por el barrio, y que él escogía y arrancaba delicadamente para mí de alguna rama que tuviera al alcance de su mano. Siempre eran pequeñas ramitas de no más de un palmo de longitud, pero siempre eran hermosas aunque extremadamente frágiles: los pétalos se caían con sólo mirarlos, pero seguro que le merecía la pena hacerlo sólo por ver la ilusión que me hacía verle llegar con tan efímero obsequio en la mano. Efímero porque ya digo que duraba sano pocos minutos, y efímero porque son muy pocos los días del año en que le puedes regalar a tu amor flores de almendro. Siempre me quedaba con las ganas de intentar cortar algunas ramas largas de aquellas flores para llevarlas a casa aunque fuera en ambulancia, y ponerlas en agua para disfrutarlas un par de días, pero siempre decidí que serían dos misiones imposibles: una, conseguir una vara de más de 20 ó 30cm, y otra, que sobreviviera en un jarrón más de 2 ó 3 minutos... Sólo conservo uno de aquellos minúsculos ramilletes que guardé de inmediato dentro de mi abultada carpeta camino de clase. Allí dentro se prensó y allí dentro sigue, doy fe.
Y otros tantos años más tarde, supe de una mujer que se había casado el 6 de febrero, y que tuvo la audacia de lucir como ramo de novia un minimalista y bellísimo conjunto de tres o cuatro largas varas de almendro, aprovechando que su boda tenía lugar en una fecha tan fría pero tan bonita como la de la floración de los almendros, que ese año seguro que se adelantaron una o dos semanas en hacerlo... Soy muy libre de pensar que se dieron prisa en florecer para que el ramo de novia de aquella mujer no tuviera que llegar por encargo desde Madrid, comprado por alguna de sus dos cuñadas de la capital, sin haber podido elegirlo ella misma...Prefirió llevar un original, económico y elegante ramo de flores de almendro en su boda, aunque me consta que no fue una decisión muy aplaudida por algunos familiares... Esa mujer lució el ramo de novia más bonito que yo haya visto nunca, de verdad.
Esa mujer era mi madre.
Gracias, mami. Yo sé que lo hiciste para enseñarme que algunas de las decisiones que tomamos son difíciles y arriesgadas, pero conviene mantenerse firme si nuestro corazón nos dice que son acertadas.
Madre mía Rackel!!!tengo las manos rojas de tanto aplaudir.Besitosssss
ResponderEliminarSublime.
ResponderEliminarPocas veces, muy pocas vees algo que leo en internet consigue arrancarme a la vez una sonrisa y una lágrima... Pero esto es tremendo. Muchas gracias =)
Es curioso darse cuenta, al cabo de tantos años, que tan pequeñísima parte de la naturaleza nos haya influído tanto en la vida a personas que estámos tan cerca y que nunca hayamos sido conscientes de ello. El almendro de la Telefónica......cuantas horas de mi vida admirándolo, cuánto cariño por ese majestuoso y sencillo arbol. Un año más estoy teniendo la gran suerte de poder disfrutarlo. Gracias, amiga, por dedicarle tan hermosas palabras a algo tan importante en nuestras vidas.
ResponderEliminarTotalmente de acuerdo con Sergio... Sublime!!!
ResponderEliminarTe admiro Sorella!!!
Divertida, emocionante, y dulce manera de compartir con nosotros tus recuerdos.
Gracias